Opinión. Por Pablo Jofré Leal (Artículo para SegundoPaso ConoSur)

El 30 de marzo del año 2022 es momento de conmemorar los 46 años desde uno más de los innumerables ejemplos de asesinatos, usurpación y expolio cometidos por la entidad sionista contra el pueblo palestino.

Más de cuatro décadas desde aquel día, en que miles de palestinos, se enfrentaron al sionismo en defensa de su tierra marcando un hito histórico y que tuve oportunidad de publicar en segundopaso.es (1) y que creo necesario reflotar. Efectivamente, el día 30 de marzo del año 1976, tras 28 años del nacimiento de la entidad sionista en mayo del año 1948 la sociedad palestina, agotada de la violación de sus derechos esenciales, convocó a una huelga general. En esta ocasión, como protesta ante la decisión del régimen israelí de confiscar dos mil hectáreas de tierras, 21 mil dunums, pertenecientes a palestinos que habitaban en el norte de la Palestina histórica.

Tierras que serían utilizadas, tanto para implantar campamentos militares, como también entregarla a colonos extranjeros de creencia judía, que se establecerían en tierras palestinas. La protesta se zanjó con el asesinato de siete jóvenes palestinos de las aldeas de Arraba, Sakhnin y Deir Hanna: crímenes de lesa humanidad, que además en el ejercicio de una acción ilegal (asentar colonos mediante la confiscación de tierras) contravenían todas las disposiciones internacionales, resoluciones de las Naciones Unidas respecto a la absoluta prohibición de trasladar extranjeros a tierras ocupadas, constituyendo aquello un quebrantamiento del título III, sección tercera del Cuarto Convenio de Ginebra, leyes, resoluciones, acuerdos que jamás han sido cumplidos por el nacionalsionismo

Estos siete jóvenes ofrendaron con su vida, aquello que para los pueblos celosos de su soberanía y dignidad, representa su aliento vital: la relación estrecha que se tiene con la tierra, considerada una madre proveedora, que acoge y ama. Una tierra que con sus olivos, sus cultivos, los animales que pastan en ellos, representan un vínculo indestructible. Cada año, desde ese 1976, los mártires vuelven a ser recordados, vuelven a pasar por nuestros corazones y como expresión de ese “recordis” ese volver a pasar por el corazón, se planta un olivo como símbolo de esta relación, que hunde sus raíces en la historia milenaria del pueblo palestino con su tierra, hoy saqueada y ofendida por la presencia de extranjeros. Un símbolo que expresa la señal irrenunciable de millones de hombres y mujeres con la decisión de volver a sus hogares, del que fueron expulsados (en la llamada Nakba, catástrofe en árabe), volver a sus raíces, allí donde por generaciones se han establecido.

Recordar el 30 de marzo es poner en permanente visibilidad los derechos del pueblo palestino, sacrificados en función de intereses geopolíticos, de una Triada sanguinaria como es la del imperialismo estadounidense, el sionismo israelí y el wahabismo saudí. Con Washington avalando los crímenes de la entidad israelí, en función del papel de portaviones terrestre, que dicha entidad cumple en la región. Reivindicaciones, derechos usurpados, sueños truncados, léase: el retorno de los refugiados, la autodeterminación, el derecho de libre tránsito por su tierra, el derecho a mantener su cultura y no estar sujeto a un proceso de invisibilización, que incluso genera que el sionismo robe la música, el vestuario, la comida la historia misma de palestina, de tal manera de construir un mito, incluso usando la falsificación de la arqueología, que otorgue a esos extranjeros un sentido de pertenencia.

La conmemoración del Día de la Tierra, en estos 46 años, ha tenido innumerables hitos: las intifadas, la resistencia permanente de la Franja de Gaza y Cisjordania, las marchas por la resistencia como aquella que se mantuvo durante dos años, que relanzó con fuerza la defensa irrestricta de los derechos del pueblo palestino. El día 30 de marzo del año 2018, miles de gazaties, venidos de Jan Younis, Beit Hanoun, desde Rafah, desde los campos de Jabaliya, Bureij, hombres y mujeres que desde Beit Lahia, se agolparon con sus sueños, demandas, sus cánticos, en la valla que separa la Franja de Gaza de la Palestina histórica. Una frontera artificial, que expresa la violación de los derechos de dos millones de habitantes del enclave costero, sometido a un bloqueo criminal desde el año 2006 a la fecha, que ha convertido a esta Gaza ya martirizada, está convertida en el campo de concentración a cielo abierto más grande del mundo.

Una Franja de Gaza transformada en un gueto gigantesco, con alambradas, cercos, muros, torres de vigilancia, patrullajes militares. Una Gaza que ha derivado en una réplica monumental (2) de aquellos campos de concentración, que el nacionalsocialismo instaló en tierras ocupadas en la Segunda Guerra Mundial. Panorama, que bien deben conocer muchos alemanes, polacos, franceses, holandeses, entre otros, de creencia judía, que pasaron por campos de concentración y que paradojalmente ha sido puesto en práctica en este Siglo XXI, por aquellos que han hecho de su propio sufrimiento en esa guerra, un modelo a seguir ahora contra el pueblo palestino. Singular, por cierto, pero hasta patológico me atrevo a sostener, en este nacionalsionismo, este Virus Sion 48 con directrices políticas emanadas desde Tel Aviv, con el aval de Washington, tropas de ocupación y hasta su réplica de las unidades de calavera, tan propias de los campos de exterminio del Tercer Reich.

Rememorar los hitos que marcan nuestra historia es fundamental. Más aún cuando esas fechas conmemorativas traen a nuestra mente y nuestros corazones, el sacrificio de miles y miles de hombres y mujeres, que han ofrendado su vida por una Palestina autodeterminada. Cada 30 de marzo, desde el año 1976 a la fecha, Palestina recuerda a sus mártires, reivindica su derecho al retorno, a una tierra de la cual fueron expulsados por extranjeros sionistas, venidos principalmente desde Europa. Ello, en un marco político internacional, donde la confrontación este-oeste también se jugaba en Asia Occidental, en el Levante Mediterráneo, en tierras que han sido por siglos cruce de culturas, pero nunca una de las características mesiánicas, criminales, racista como ha sido el sionismo, que contaba y cuenta con el apoyo de potencias occidentales, que encontraron, en la conformación de la entidad israelí en mayo del año 1948 la mejor opción, para así consolidar su hegemonía en Asia Occidental, que hasta el día de hoy sigue siendo un campo de batalla cruento.

46 años han pasado desde aquella manifestación reivindicativa palestina, con el asesinato de siete jóvenes, que elevaron su voz de protesta frente al robo israelí. Cuatro décadas de reclamos, resoluciones, intifadas y agresiones sionistas contra los territorios ocupados y bloqueados de Cisjordania y Gaza. Y, sin embargo, no existe ley que respete Israel, no existe determinación de la ONU, llamados de organizaciones de derechos humanos, voces de condena que limiten el actuar sediento de sangre de la entidad sionista. Un Israel que sigue robando tierras palestinas, que sigue masacrando a su población, demoliendo casas, destruyendo cultivos, impidiendo la expresión cultural, ahogando a Palestina día a día con el aval de un mundo que ciego, sordo y mudo, no planta cara a los crímenes. Un mundo que a través de su doble rasero levanta las voces de apoyo a Ucrania pero ha callado ominosamente los 74 años de crímenes del sionismo, las agresión saudí contra Yemen, los crímenes de grupos terroristas y occidente contra el pueblo de Siria y Libia.

El Día de la Tierra es una señal, una fecha que debe difundirse pues, no sólo es un recordatorio para los palestinos que viven en su tierra histórica sujeta a leyes discriminatorias, en territorios ocupados cercados por muros y alambras. En campamentos de refugiados, impedidos de volver. El Día de la Tierra es un llamado de alerta, un emplazamiento a nuestra conciencia, de tal forma de no callar, elevar nuestras voces en alto, denunciar, exigir el fin de tanto crimen, de tanto actuar perverso, tanta muerte, robos y saqueos. Exigir que esta ideología criminal y sus seguidores terminen en el basurero de la historia. Hoy, más que nunca es necesario denunciar. Pasar de las palabras a la acción.

Fortalecer la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones – BDS – contra la entidad sionista. Hoy, más que nunca es necesario exigir a los organismos internacionales que cumplan su papel y dejen de lado la hipocresía y complicidad con el terrorismo israelí. El Eje de la Resistencia debe mostrar un camino claro de apoyo a la lucha del pueblo palestino. No es posible seguir aceptando que los muertos provengan desde la sociedad palestina y que Israel no sufra las consecuencias de su acción criminal. Por ello el martirio de los combatientes palestinos en Bnei Brak y Hadera que significó la muerte de cinco colonos y dos miembros de las fuerzas policiales de ocupación a manos de jóvenes combatientes palestinos.

El Día de la Tierra nos recuerda, que durante 74 años, Palestina ha tenido que soportar un virus asesino, un patógeno que se ha llevado consigo, decenas de miles de valiosas vidas palestina. El Virus Sión -48 que resulta ser más mortal que todos aquellos virus surgidos en laboratorios o reservorios naturales. El Día de la Tierra nos recuerda, que Palestina sufre una epidemia producto de un virus ponzoñoso, que requiere más que kits de detección, interferón o remdesivir. Necesita el concurso solidario de gobiernos, sociedades, de hombres y mujeres justos, para destruir definitivamente este pernicioso virus sionista, que tanto daño causa a la humanidad.


1. https://www.segundopaso.es/news/424/Día-de-la-Tierra-Palestina

2. https://www.hispantv.com/noticias/opinion/373023/israel-palestina-sionismo-netanyahu-gaza

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